Espacios Urbanos de Oportunidad

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Cuando pasamos dos meses encerrados en casa vemos muchas de las cosas que antes dábamos por hechas, por ello ponemos en valor un paseo por el campo, una tarde en el parque, una visita a la playa, una primavera perdida, en definitiva.

La primavera suele ser aquella estación que esperamos año a año con muchísima ansiedad, las noches largas de invierno se acaban y ello nos invita a salir a disfrutar del despertar de la naturaleza, de la vuelta de la vida, pero este año no, este año ya nos encontraremos con una vida adulta de la que nos habremos perdido su infancia y su adolescencia.

Ello nos debe ayudar a pensar en la importancia que tienen los ciclos en nuestras vidas, el día y la noche, el verano y el otoño, pero, sobre todo la primavera, el amanecer.

Nuestro contacto con la naturaleza ha de ser algo íntimo, algo que, ahora que volveremos a sentir, no dejemos escapar. La Madre no está ahí para ser maltratada, como ninguna madre, está ahí para acogernos. Seamos sensibles, amemosla, cuidémosla, ella nos dio la vida.

Y pidamos, qué digo pidamos, exijamos que nos la acerquen. La naturaleza no es un lujo, es un derecho y como tal debemos tratarlo. Exijamos que se cumplan las ratios propuestas tanto por la ONU como por la FAO, debemos exigir un parque a la distancia de un breve paseo, y debemos exigir su conectividad con la naturaleza periurbana. Un parque no es una placita con su fuente y sus tres bancos bajo sendos árboles, eso puede ser un coqueto rincón en una ciudad, pero no es un parque.

Todas las ciudades del siglo XXI tienen lo que hoy se llama “espacio de oportunidad”, que no son otra cosa que enormes solares urbanizados que fueron abandonados sin construir por la crisis de 2008, algunas veces son enormes extensiones en las que la propia naturaleza va ganando espacio por si sola.

Los propietarios de esos espacios, en su mayoría grandes corporaciones inmobiliarias o bancos que en su día financiaron la fallida inversión inmobiliaria los tienen en sus pasivos como algo sin valor, al menos sin valor hasta que alguien decida construir en ellos, algunas veces eso no ocurrirá nunca.

Imagen del huerto urbano que había en la URV hasta al inicio de las obras de la Facultad de Educación. URV

Somos los ciudadanos los que debemos ocupar esos espacios, legar, mediante nuestras administraciones a acuerdos con los legítimos propietarios de esos espacios para poder ajardinarlos y, al mismo tiempo, garantizarles a dichos propietarios que esa ocupación será temporal, no se les impedirá construir llegado el momento (si no es así jamás considerarán siquiera la posibilidad de ceder esos terrenos para uso público)  y, además, podrán ahorrar una importante cantidad de dinero en impuestos municipales al “prestar” los espacios a las ciudades.
En la mayor parte de los casos no se construirán nunca, pero si así fuese, y dentro de veinte, treinta o cincuenta años alguien decide que es buena idea construir allí habremos ganado todo ese tiempo para lo público y, en el mejor de los casos, se podrá llegar a un acuerdo de permuta. En el peor de ellos se construirá, pero será tanto el aumento de valor que un gran parque habrá dado al solar que no se construirá en todas las parcelas porque una parcela rodeada de árboles es mucho más apetecible y cara que una fila de adosados.

En estos dias en que poco a poco vamos saliendo de la crisis sanitaria en que nos hemos visto inmersos estamos viendo la deficiencia de espacios públicos de esparcimiento, por eso las aglomeraciones, por eso no podemos mantener las distancias cuando hacemos deporte: ¡Nos faltan metros! y tenemos ahí un potencial enorme de espacios no construidos que podían dar solución a muchos de nuestras carencias de espacios públicos de calidad.
Pidamoslo, exijamoslo. Lo público y lo privado tienen una oportunidad única para trabajar juntos por el bien común.

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