Adiós al pino de Platero — una despedida que duele en la raíz de la memoria.
Hoy el paisaje literario y natural de Moguer, en Huelva, ha perdido a uno de sus gigantes silenciosos. El pino de Fuentepiña, el árbol bajo cuya sombra Juan Ramón Jiménez prometió enterrar al burrito Platero y que acompañó al poeta en su juventud y en el pulso sereno de su obra, ha sido finalmente talado tras los severos daños que sufrió a causa de un tornado en marzo de 2025.
El árbol, de aproximadamente dos siglos de vida, casi veinte metros de altura y un perímetro que hablaba de generaciones de luz y sombra, había resistido al tiempo y a las inclemencias hasta que la furia de esos vientos lo arrancó casi de raíz. Desde entonces, durante meses, técnicos y autoridades intentaron salvarlo con cuidados del suelo, saneo de copa y atenciones que buscaban devolverle equilibrio, pero su estructura quedó irremediablemente comprometida.

Para quienes amamos los bosques y reconocemos en cada árbol un puerto de historias, su caída representa algo más que la pérdida de un ejemplar centenario. Representa la desaparición —aunque sea física— de un testigo vivo de la infancia de un escritor universal, de un punto de encuentro entre la poesía y la tierra onubense que hizo posible a Platero y yo.

Ha sido el Ayuntamiento de Moguer quien, tras constatar que el estado del pino hacía inviable su conservación y que podía suponer un riesgo, ordenó su tala “con el máximo respeto hacia su valor histórico, cultural y simbólico”.
Esa frase —con respeto— invita a reflexión. Si bien se comprende que la seguridad es un criterio indispensable, no deja de sorprender que, en la despedida de un árbol que fue símbolo de vida, se recurra a un artefacto de metal y maderas impregnadas de barniz y gasoil para conservar su silueta, antes que permitir que la misma tierra que lo vio crecer lo reciba de nuevo como parte de su propio ciclo.
¿Acaso el respeto por la memoria natural no debería incluir también la entrega digna de lo que fue un ser vivo al abrazo del suelo que lo nutrió? Honrar al pino de Platero podría haber significado dejar que sus restos regresen a la tierra, junto a la sombra del burrito querido, dejando que de esa materia vuelva a brotar vida de otra forma. Algo distinto a un artefacto metálico que quedará suspendido entre la memoria y la artificialidad.
No minimizo el valor del gesto de quienes han plantado ya piñones de ese árbol —un “pino hijo” que crece hoy con la savia de aquel coloso—, ni el empeño en que su legado no desaparezca. Es una luz nueva que brota entre nosotros, un canto a la continuidad. Pero la muerte del pino de Fuentepiña nos deja también una pregunta: ¿cómo honramos realmente a los árboles que nos hablan desde la literatura, la memoria y la vida? ¿Con más metal y barniz, o con tierra y raíces que sigan germinando historias entre las manos de quienes aman la poesía y la naturaleza?
Hoy Moguer llora —en silencio y con respeto— al pino de Platero. Y quienes sentimos el latido del bosque en cada hoja, nos quedamos con el eco de su sombra y la certeza de que la tierra siempre será, al final, el lugar más digno para que regresen aquellos que nos enseñaron a amar la vida bajo su copa.
